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Podio Matrimonial


Se miran con admiración. Se miran con amor. Se abrazan. No es la primera vez que lo hacen y seguramente tampoco será la última. El abrazo se hace largo, casi eterno. Tras más de cuatro horas de haberse separado, se felicitan. Se besan. En gran medida, el objetivo fue alcanzado. Ambos lograron el segundo puesto, cada uno en su categoría, en el 10º Half Triatlón de Mar del Plata, que se desarrolló el primer domingo de marzo. Son Ezequiel Morales y Soledad Omar, quienes comparten su vida deportiva y afectiva desde hace más de 16 años. Catorce de ellos, en convivencia. Unidos por una disciplina que tiene poca repercusión, es cierto, pero a la que cada vez más adeptos se le animan.

Sus vidas transcurrían a muchos kilómetros de distancia. Uno, Ezequiel, en Lobos, provincia de Buenos Aires, y Soledad en Concordia, Entre Ríos. Fue la ciudad de La Plata la que los unió, en 1992, cuando se vieron por primera vez en el curso de ingreso para el profesorado de educación física. “Al principio nos ignorábamos. Apenas sabíamos que cursábamos juntos”, dice Ezequiel. “Cada uno tenía su grupo. Yo ya incursionaba en el triatlón en mi ciudad, entonces sólo tenía tiempo para estudiar y entrenar”, intenta explicar Soledad. En esa época Ezequiel corría y nadaba. Por eso, su entrenador de entonces, Rubén Ayala, lo incentivó a participar en un triatlón en Lobos. “Podrías animarte. Es en tu ciudad”, fueron las palabras que todavía resuenan en la cabeza de Ezequiel. Sin pensarlo demasiado, decidió inscribirse. En ese viaje desde La Plata hacia Lobos también estaba Soledad. A partir de allí, la relación fue creciendo. Los mates dejaron de ser tan sólo una excusa y se transformaron en la compañía de tardes enteras posentrenamiento. Así se pusieron de novios. Pasó el tiempo, las materias cursadas y nunca más se separaron, “salvo un tiempito que nos sirvió para ratificar nuestro compromiso y nuestro proyecto de vida juntos”, asegura con cierta vehemencia Soledad. A su lado, Ezequiel la mira una vez más y asiente.

Seguros de sí mismos pero sin contar con el respaldo de políticas de estado en un país que, por triste historia, les da la espalda a sus deportistas, en 2002 emigraron a Brasil para “probar suerte”. “Sabíamos que no teníamos muchas opciones. O nos quedábamos acá con la necesidad de trabajar y entrenar o nos íbamos a Brasil para dedicarnos de lleno a nuestra actividad”, cuenta Ezequiel. Y agrega: “Allá le dan otro valor al atleta. Es una cuestión cultural. Nos pasaba incluso con nuestra propia familia que cuando veníamos nos preguntaba de qué trabajábamos”. Lo que se gestó como unos meses de prueba en Río de Janeiro fue dejando lugar a una estadía permanente sin fecha de retorno aún. “Ganamos en lo deportivo. Irnos a Brasil nos abrió la puerta al deporte profesional porque allá el deportista es un profesional que vive de eso”, expresa Soledad.

Al tiempo de instalarse en Río, una empresa de suplementos le hizo a Soledad un contrato indefinido. Al principio, les parecía extraño semejante acto de arrojo de una empresa. “En los primeros años, cerramos un contrato con una marca de zapatillas y un día llegamos de nadar y nos encontramos con veinte pares de zapatillas para cada uno. No lo podíamos creer. Además de la parte económica, te daban material en cantidad para que sólo te dedicaras a entrenar”, dice Ezequiel. Antes de que continúe con el relato, Soledad lo interrumpe: “Lo peor es que no me dejó abrir la encomienda. Me hizo almorzar mirando las cajas”. Ezequiel se ríe y agrega: “Había que disfrutar ese momento”.

Como todo deportista, saben que el sacrificio es parte de su estilo de vida. “Ezequiel es muy disciplinado y estructurado. Yo soy más relajada“, se justifica Soledad. Y la respuesta de Ezequiel no se hace esperar. “Admiro su tenacidad, puede estar destruida en una competencia pero sigue con el corazón. La he visto en carreras que parecía que no estaba para terminar y, sin embargo, lo hacía. Pero a veces parece poco profesional. Han pasado varias carreras donde se olvidaba las cosas. En eso se relaja porque sabe que yo estoy atento. Para ir a Salta se olvidó los pedales. Ella va y los pide prestados. No es que esté mal. Son formas”, explica el lobense.

La forma de encarar la actividad los diferencia. Los distancia y, por momentos, los enfrenta. Pero la admiración mutua, los proyectos compartidos y la pasión por el deporte los vuelven a unir. Como en Mar del Plata. Como en el podio. Como en la vida.

Por Damián Caceres
Foto: Juan P Gonzalez | Triamax.com

Periodista deportivo especializado en natación, ciclismo, atletismo y triatlón. Fotógrafo y Productor de TV. @mlagattina

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