Especiales, Perfiles

Una bandera a cuadros que llegó después de 30 kilómetros

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Hace rato que los motores están marcha, más allá de que esta vez la señal de largada no serán los colores de un semáforo. La adrenalina es indescriptible en una mañana tan gris como la poca certeza que hay de saber qué depararán las próximas horas. El entrenamiento había llegado a su fin. Era el momento de la verdad. Y los corredores se alistaron en la largada en el Autódromo porteño, con pequeñas diferencias al espectáculo que suele verse en su pista. Esta vez no hubo ruedas en el asfalto; sólo pares de pies. No hubo volantes; sólo pares de brazos que guiaron durante el recorrido. No hubo cascos protectores; sólo mentes puestas a prueba al extremo en el enorme desafío que se venía: los 30 kilómetros Buenos Aires Sur.

30kBsAS2013_080Los dos mil y pico de corredores que el domingo, desde las 8, se largaron a trotar por el circuito del Autódromo porteño vivieron esa experiencia única de sentirse pilotos de su propio objetivo: la superación personal. Hombres y mujeres que quisieron probarse a fondo en un recorrido inusual en la Ciudad, ya que después de salir de la pista con tribunas vacías, cuando algunas gotitas los despertaban más en sus primeros cinco kilómetros, trotaron por el postergado Sur porteño hasta esos aplausos que regocijaron el espíritu al llegar a la meta.

La llanura del circuito ayudó a no forzar más de la cuenta las articulaciones, que ya de por sí sufrieron las mil y una por el esfuerzo. La empatía colectiva en pos del sueño de llegar como fuera tiró para adelante a quienes cada tanto hacían un alto al lado del camino para elongar algún músculo retobado, para caminar un rato o para aprovechar un arbolito amigo que recibiera el fruto de la “escala técnica” fisiológica necesaria para seguir adelante.

Durante los 10 kilómetros intermedios, recorridos por la avenida 27 de Febrero, a la vera de un Riachuelo sin peces y extrañamente inodoro, se sucedieron gritos de aliento entre amigos que se cruzaban miradas de un lado y del otro del camino. Entrenarse solo, como lo había hecho este cronista, si bien puede ser aburrido, sirve para fortalecer los cimientos de la mente. Esa amiga necesariamente fiel si se pretende llegar al objetivo. Pero la carrera es otra cosa: tiene un aura que contagia, un espíritu de solidaridad por el que va al lado y sufre igual, y la pena por aquel que dice basta y se va tan triste como quien lo ve a un costado.

Fueron cuarenta temas musicales los que pasaron por el MP3 en una carpeta especialmente armada el día anterior, cuando 48 horas de fideos mandaban a lavar los platos a todas las fábricas de pastas. Para no largar rápido, canciones variopintas que entretengan a la ansiedad, con Arbolito de estandarte con “Volver”, “Cambiar la piel”, “No somos nada”, “Saya del yuyo”, “Sobran” y “Este abrazo”, que llega bordeando los 10 kilómetros para enseñar que se ha logrado mucho pero falta más aún por recorrer.

Parece vivirse un bache hasta los 15 kilómetros, como si los acordes que llegan a los oídos no inmutaran. La vista en el Riachuelo le gana a todos los sentidos. ¿Cómo puede ser que tanta mierda circunde a la Ciudad de Buenos Aires? ¿Cómo tolerar semejante insensatez y desidia? ¿Cómo se puede ayudar a vivir mejor? Se nota que hay que tener ocupada la cabeza para comenzar a desafiar filosóficamente el desgaste que el cuerpo ya nota

Llegan justo los temas de Pearl Jam para tocar la batería con las manos y de paso aflojar los brazos y las cervicales. Ya son varios los caídos que han bajado el ritmo y casi a los 20 kilómetros comienza la dura batalla entre la mente y el taladro que presiona el tobillo derecho. Aflojen un poco, che, que hay que concentrarse en el ritmo, que va mejor de lo planeado: 54m45 para el primer tercio del recorrido y 56m05 para el segundo, con 40 segunditos de lo más placenteros cuando se destapa la vejiga.

La lucha mente-tobillo será demencial hasta el final. Por eso vino bien dar vueltas alrededor del estadio Mary Terán de Weiss en el Parque Roca que en 2018 recibirá a los jóvenes atletas en la Villa de los Juegos Olímpicos de la Juventud. Si en cinco años no le cambiaron el nombre, lo mínimo será entonces que esos chicos sepan quién fue este genocida tan reconocido por calles, avenidas, monumentos y parques en este país.

Los seis minutos por kilómetro denotan que el cronista hace rato ha batido su máximo tiempo y kilometraje corridos en una prueba. Se entra al Parque de la Ciudad y ahí hay que levantar más las piernas –¡uy, Dios!- porque las ramas hicieron añicos de lo que cuesta reconocer como ese lugar de diversión en la adolescencia. Un tiempo que parece tan lejano como los seis kilómetros que restan. Un tiempo en el que jamás se hubiera pensado en levantarse a las 5.20 de un domingo para correr 300 cuadras con el único premio de llegar. Con ese glorioso premio egoísta, se entiende hoy.

30kBsAS2013_338No hay que aflojar ahora que faltan 3 kilómetros y es todo recta hasta el Autódromo. El tobillo está ganando la guerra, ayudado por las cervicales y una rodilla –ya no se recuerda cuál porque dolía como dos juntas-. “Necesito dos piernas nuevas”, se le escucha decir a una cuarentona que la lleva bastante bien. ¿Dos piernas nada más? Las del cronista ya son garrotes endurecidos por la ausencia de carbohidratos y de pronto se descubre imitando el paso de los marchistas. Casi no se despega del suelo y se mueve gracias a sus brazos.

Se viene el fin. Pero de pronto recuerda que no había escuchado una de las canciones elegidas. Se abre el cierre, se saca el MP3 y se hace play en “Usted”, con las voces de Diego Torres y Vicentico. Llega el recreo para pensar que al fin de cuentas no se corre ni se entrena solo. Porque al volver a casa siempre hay preguntas sobre las distancias y asombros con ojos abiertos que pagan cualquier transpiración de más. La música remite a esas bellezas, a las delicias de la vida cotidiana, y termina justo para escuchar los aplausos anónimos de quienes esperan a los familiares.

Esto se termina. Y si se termina, se termina como siempre, con “Mariposa Pontiac”. Auriculares afuera, un sprint liviano al final, stop en el reloj y el “¡Vamos, la puta madre!” que se escucha con la bandera a cuadros.

Tardarán unos días en irse los dolores corporales. Habrá quejidos al por mayor, es cierto. Pero los primeros 30 kilómetros ya son historia, luego de 2 horas, 48 minutos y 50 segundos. La medalla no se despega del cuerpo. Las fotos de la llegada serán incunables en décadas. Y las charlas pos carrera regocijan el alma.

-Ahora sólo te queda correr doce kilómetros más.

-Dejate de joder.

Mmm…

Por Hernan Sartori | tw @hernansartori para Clarin

Periodista deportivo especializado en natación, ciclismo, atletismo y triatlón. Fotógrafo y Productor de TV. @mlagattina
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